La mal llamada izquierda mexicana es responsable del endiosamiento de periodistas que difícilmente se caracterizan por el equilibrio de sus investigaciones o por una actuación ética a toda prueba; la celebridad está determinada por los trabajos de coyuntura que atienden a un interés de hacer ver mal a la autoridad en turno y que a la vez cumplen una función catártica al permitir el linchamiento retórico de personajes sobre los que pesa la animadversión popular. Infortunadamente, más periodistas hoy han comenzado a tomar el ejemplo en busca de fama súbita que les gane el título de expertos o autoridades en determinada materia, con la conciencia plena de que aparejado a la revelación de veleidades de los poderosos y las zonas oscuras de la administración pública (por supuesto no hablamos de análisis exhaustivos, trabajos de prospectiva o de consulta histórica) vienen los premios y el endiosamiento aun de parte de otros periodistas.
A raíz de la publicación del libro
Los demonios del Edén, la detención arbitraria de la escritora Lydia Cacho en diciembre de 2005 y los hechos posteriores que mostraron la operación de un gobierno estatal para escarmentar a la autora como un favor personal a un particular, el gremio colocó a Cacho en un pedestal de valiente mártir, la llenó de reconocimientos y le concedió credibilidad absoluta y vitalicia en sus acciones y palabras, de modo que hoy cualquier crítica a la periodista es traducida de inmediato como una agresión a las mujeres o a las causas que representa.
Hoy arropada por la dirección del diario más importante del país, Cacho tiene impunidad declarativa; los medios le han otorgado el poder de juzgar el mal y el bien, lo justo, lo verdadero. Es Lydia Cacho, intocable, incuestionable, miembro distinguido de la selecta lista de lo que esa izquierda ridícula juzga como "periodistas valientes", como si el resto de reporteros, editores, correctores de estilo y redactores fuéramos todos unos cobardes vendidos.
Hoy, el querido
Ernesto Diezmartínez abrió en su blog una discusión acerca del proyecto de filmar en México una cinta basada en basada en
Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, hecho del que se desprende
un texto publicado hoy en El Universal por Lydia Cacho. En él, la autora se escandaliza por que una obra literaria sobre un viejo de 91 años que paga para desflorar una niña virgen en su cumpleaños, sea llevada a la pantalla, pues su entendimiento la lleva a juzgarla como una "apología fílmica de la trata de menores".
Cacho remata su idea con una línea indigna, de un tufo ignorante y clasista: "La novela tiene un público limitado, la película en cambio terminará en televisión y será masiva". Lo que parece decir aquí la escritora es que como la lectura es sólo accesible para "nosotros los intelectuales", capaces de distinguir la ficción de la realidad, y la chusma no lee, no hay peligro; en cambio, llevar una historia de estas a la televisón equivale a promover el abuso sexual en cadena nacional. Claro, la chusma es incapaz de discriminar entre lo bueno y lo malo.
Bajo esa óptica, puede esperarse que la "valiente periodista" exija en el futuro erradicar del cine y TV toda referencia sobre amor entre personas del mismo sexo. Esos jodidos ignorantes que no leen y a quienes tenemos el deber de guiar como sus superiores intelectuales pueden terminar convirtiéndose todos en homosexuales y lesbianas.
Hay que decirlo con todas sus letras; en aras de conservar su imagen de periodista preocupada por cosas importantes, Lydia Cacho es capaz de escribir las peores pendejadas. Es bochornoso. Aunque claro, está blindada a las críticas.